No encuentro mejor manera de estrenar el blog.
Podría decir que siempre he caminado a la vera de la muerte, el morbo del peligro, la adrenalina, acciones y aficiones temerarias, y el escoger a la gente que no debo, o incluso haber puesto en juego mi propia vida en varias ocasiones.
Esta vez es diferente.
He jugado con la muerte, aún sabiendo que iba a perder.
Mi corazón ha dejado de latir, ya no tengo esa absurda presión que solía tener en el pecho y tampoco, ese dolor cuando se aceleraba y que parecía que iba a hacerme estallar la caja torácica. He dejado de sentir. No hay rabia, no hay dolor, no hay alegría o tristeza. Me esfuerzo en recordar las emociones que antaño estremecían mi cuerpo, pero ahora las encuentro tan banales, tan vacías, tan lejanas, que ni tan siquiera me produce indiferencia la idea de sentirlas o no.
Anoche no era así.
Una visita inesperada que decidió por mí, que se apropió de mi alma, o de lo poco que quedaba de ella. Creo que devoró mi corazón, por eso no pesa ni late, pero no estoy seguro, no sé cuánto tiempo pasó desde que abandone la realidad hasta que volví a este cuerpo.
Esta vez no hay marcha atrás, por mucho que anhele ciertas cosas... mi ser ha desaparecido, mi vida se ha marchitado hasta pudrirse, mientras que la sentía escurrirse entre mis labios hasta quedar en un debil estertor, y esa esencia llamada alma, se ha disipado repentinamente.
Anoche luchaba por no abrirme el cuello con una cuchilla.
Hoy he muerto.